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Yo sonrío, hazlo tu también

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Escatimamos en mil y un recursos que nos hacen la vida mas llevadera. Y vengo de un fin de semana repleto de muchas sensaciones, donde la sonrisa ha sido protagonista. 

Dejamos escapar momentos, dejamos pasar el tiempo muchas veces sin darnos cuenta del valor de un gesto, de una sonrisa. Y cuando pasan esos momentos, nos sentamos a valorar el porqué de cada uno, si todo ha merecido la pena y si seguir luchando para que nuestro día a día sea mejor es algo o no coherente. Y lo es, vaya si lo es. 

Lo es porque reservamos lo mejor de nosotros para momentos muy puntuales y circunstancias especiales. Y querer hacer un cuento de nuestros mejores momentos, es la mejor forma de sonreir. 

Dicen que uno aprende de los peores momentos, pero también se aprende de los mejores, porque valoras la capacidad de lucha de cada uno y como se refleja en sus caras. La emoción de un buen momento, de una buena sorpresa, no tiene precio. Y cuando se hace por puro amor, por cariño verdadero, se convierte en un recuerdo, de esos que perduran toda una vida. 

Andamos escasos de momentos así. El día a día es rutinario, no encontramos símbolos que nos guíen, no sabemos si el camino tomado es el correcto o no. Pero que bonito es el camino cuando se hace en gran compañía. 

Los años, esos que pesan cada vez mas, hacen que nos sentemos a mirar con nostalgia el pasado, rodeado de momentos, de fotos, de instantes, de risas... y eso es lo que recordamos siempre, lo que nos hace sonreir... los viajes junto a vosotros, las celebraciones cada año, las tardes en el bar de siempre, ferias, bodas, bautizos... tantas cosas que se intensifican en un solo instante, para quedarme con tu abrazo. 

Hoy simplificamos el valor de una sonrisa, lo simplificamos porque creemos que es algo cotidiano, que surge y se marcha tal cual. Y no es así, porque cuando sale del alma, reflejo de un momento inmenso, la sonrisa se vuelve complice, la mirada te hace fiel y el abrazo te hace pequeño.

Mucho, mucho dice de vosotros, una reacción tan pura, un momento tan simple pero tan lleno de vuestra esencia. Y yo, como siempre, daría cualquier cosa por una sonrisa. 

Este es nuestro cuento...

 

 

Había una vez un muñeco de papel que no tenía cara. Estaba perfectamente recortado y pintado por todo el cuerpo, excepto por la cara. Pero tenía un lápiz en su mano, así que podía elegir qué tipo de cara iba a tener ¡Menuda suerte! Por eso pasaba el día preguntando a quien se encontraba:

- ¿Cómo es una cara perfecta?

- Una que tenga un gran pico - respondieron los pájaros.

- No. No, que no tenga pico -dijeron los árboles-. La cara perfecta está llena de hojas.

- Olvida el pico y las hojas -interrumpieron las flores- Si quieres una cara perfecta, tú llénala de colores.

Y así, todos los que encontró, fueran animales, ríos o montañas, le animaron a llenar su cara con sus propias formas y colores. Pero cuando el muñeco se dibujó pico, hojas, colores, pelo, arena y mil cosas más, resultó que a ninguno le gustó aquella cara ¡Y ya no podía borrarla!

Y pensando en la oportunidad que había perdido de tener una cara perfecta, el muñeco pasaba los días llorando.

- Yo solo quería una cara que le gustara a todo el mundo- decía-. Y mira qué desastre.

Un día, una nubecilla escuchó sus quejas y se acercó a hablar con él:

- ¡Hola, muñeco! Creo que puedo ayudarte. Como soy una nube y no tengo forma, puedo poner la cara que quieras ¿Qué te parece si voy cambiando de cara hasta encontrar una que te guste? Seguro que podemos arreglarte un poco.

Al muñeco le encantó la idea, y la nube hizo para él todo tipo de caras. Pero ninguna era lo suficientemente perfecta.

- No importa- dijo el muñeco al despedirse- has sido una amiga estupenda.

Y le dio un abrazo tan grande, que la nube sonrió de extremo a extremo, feliz por haber ayudado. Entonces, en ese mismo momento, el muñeco dijo:

- ¡Esa! ¡Esa es la cara que quiero! ¡Es una cara perfecta!

- ¿Cuál dices? - preguntó la nube extrañada - Pero si ahora no he hecho nada...

- Que sí, que sí. Es esa que pones cuando te doy una abrazo... ¡O te hago cosquillas! ¡Mira!

La nube se dio por fin cuenta de que se refería a su gran sonrisa. Y juntos tomaron el lápiz para dibujar al muñeco de papel una sonrisa enorme que pasara diez veces por encima de picos, pelos, colores y hojas.

Y, efectivamente, aquella cara era la única que gustaba a todo el mundo, porque tenía el ingrediente secreto de las caras perfectas: una gran sonrisa que no se borraba jamás.

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